"El riesgo de un primer ejecutivo con demasiado poder es que puede anular o reducir a cenizas la necesaria función terapéutica que tiene un buen consejo de administración, no para eliminar completamente el riesgo -tarea que es imposible-, pero sí para servir de contraste de puntos de vista y prevenir desastres corporativos", señala el director y profesor del IESE Jordi Canals en su nota técnica "Gobierno corporativo: Más allá de las reformas formales".
El consejo de administración no se encarga del día a día pero debe ser quien defina y delimite criterios sobre las cuestiones esenciales, la primera de las cuales es saber qué se entiende por buenos resultados de la empresa y de su equipo de alta dirección. En los últimos años, muchos ejecutivos han estado más pendientes de la Bolsa y de los analistas financieros que de los clientes y de los empleados, y tal falta de atención a los procesos internos dirigidos a potenciar la empresa ha llevado a resultados funestos.
Canals entiende que un buen consejo de administración debe pensar en los mercados financieros, pero no puede gestionar para los mercados. Porque estos miran al corto plazo, en tanto la empresa debe mirar al largo plazo y el consejo debe garantizar su supervivencia. Los mercados están poco interesados en la implantación de la estrategia, mientras que los consejos saben que la clave de muchas operaciones empresariales está precisamente en plasmar la estrategia. Los mercados experimentan oscilaciones que nada tienen que ver con la marcha de la empresa; el consejo sabe que la empresa tiene un potencial determinado que el conjunto de quienes en ella trabajan debe ser capaz de convertir en realidad.
El sentido de estabilidad de la empresa, de rechazo del inmediatismo, impregna todo el planteamiento de Canals a la hora de delimitar los roles de los diversos protagonistas. Según su visión, "los accionistas que esperan de los administradores solamente maximizar el valor de la acción a corto plazo para vender son accionistas irresponsables e ignorantes de la misión de la empresa".
Para hacer realidad tales objetivos, tanto el consejo de administración como el comité ejecutivo tienen la misión fundamental de seleccionar buenos directivos, sin los cuales ninguna empresa puede ir adelante. Sin embargo, la competencia profesional no es el único reto. "El problema principal -explica Canals- radica en los valores y en las actitudes. El comité ejecutivo de una empresa debe ser un escaparate ejemplar en el que la conducta de cada uno de sus miembros constituya un reflejo de lo que el consejo de administración espera de quienes trabajan en la empresa en términos de competencia, honestidad, iniciativa, dedicación, liderazgo y espíritu de servicio. Al gobernante no se le puede exigir que sea más sabio o más rico, o más inteligente, sino que sea competente, íntegro y ejemplar, y que su ejemplo inspire a otros. Al alto directivo debe exigírsele también esta ejemplaridad".
Por ello, un directivo que sólo fijara su óptica en los aspectos financieros de la dirección de la empresa denotaría una visión muy parcial de los grandes ejes de la dirección. Del mismo modo, podría no ser idóneo para el puesto si entre las características del directivo no se encuentran la competencia, la ejemplaridad, el espíritu de servicio o la capacidad de pedir a otros sacrificios yendo por delante en la asunción de éstos.
El director del IESE destaca que el buen gobierno de la empresa exige un marco ético que garantice la equidad, el sentido de la justicia, el respeto a las obligaciones asumidas, la veracidad, la diligencia y la lealtad, pero es consciente de que "dicho marco ético no puede imponerse" y aunque la ley puede otorgar una especial protección a los derechos, "la ética, para que sea fecunda, debe ser vivida, puesta en práctica, lo diga o no la ley. Sin un comportamiento ético, las propuestas de regulación más sofisticadas o las prácticas de gobierno más elaboradas no serán más que papel mojado que un conjunto de administradores desleales pueden vulnerar en cuanto tengan la primera oportunidad".
Lo ocurrido recientemente en empresas como Enron, WorldCom o Tyco son un ejemplo. No faltaban leyes, sino conductas éticas.